"Ángeles Reina" de José de la Vega (2007)

Recientemente ha saltado la noticia de un nuevo disco para las inminentes fechas de Cuaresma. La Banda de Música Reina de la Amargura de Jaén (también denominada como Banda Filarmónica de Jaén) ha grabado un disco de marchas procesionales titulado "Soberana y Jaenera", nombre que le viene de la marcha que Pedro Morales compusiera para esta ciudad. El trabajo incluye composiciones de interés, como "Cristo de la Sed" de Pedro Gámez, "La Soledad" de Carlos Cerveró, "Hosanna in excelsis" de Óscar Navarro y "Ángeles Reina" de José de la Vega, la marcha cordobesa que dedicara este gran violinista en el 2007. Por tal motivo, y dado que he caído en la cuenta de que no llegué a publicarlo aquí, inserto íntegramente un artículo que escribí sobre esta marcha, en la que se diseccionaba de forma somera su naturaleza, estructura y carácter.
Firmada en Madrid en junio de 2007 y estrenada meses más tarde, el 1 de diciembre en un concierto inolvidable en el Santo Ángel de la plaza cordobesa de Capuchinos con la banda de música del Maestro Tejera como invitado de honor, la marcha procesional “Ángeles, Reina” de José de la Vega ha entrado por derecho en el repertorio más selecto y valioso de marchas procesionales cordobesas. A iniciativa de la Asociación Cultural Amigos de las Posadillas, este violinista y compositor, nacido en Córdoba pero afincado en Madrid desde allá por los años cincuenta del pasado siglo, ha dedicado su primera marcha para Córdoba a la Cofradía del Císter y en concreto a Ntra. Sra. de los Ángeles.
Como si fuera un gran emperador, d. José llegó, observó a su alrededor, se subió al atril para dirigir la banda sevillana en su estreno en la noche cordobesa, y triunfó envuelto en una fragorosa ovación, con el espectacular sonido que exuda la partitura de “Ángeles, Reina” cuando es tocada y exprimida por los magníficos instrumentos de los músicos de la Real Maestranza de Sevilla. Los allí reunidos, asistimos al misterioso y siempre hermoso hecho de ver cómo algo inerte como es un papel con anotaciones, se convierte en un derroche de emociones y sensaciones etéreas que consiguen henchirnos de gozo y alcanzar relevaciones más allá de lo comprensible y real.
José de la Vega logra volcar en la partitura la esencia del título de la música. “Ángeles, Reina” no es una marcha cualquiera, es una marcha única. Carece de convencionalismo y se viste, desde su primer hasta último compás, de destellos de originalidad y elevada inspiración. El violinista autor de la gran marcha “Valle de Sevilla”, concibe la pieza a modo de poema sinfónico, donde se suceden diversos pasajes, cada uno con su particular significado. No obstante, veremos en esta marcha rasgos que nos son familiares en las anteriores firmadas por d. José: melodías elegantes y bellas, muy cantábiles, instrumentación completa y pulcra, desmenuzada hasta detalles sorprendentes, y su marca de origen, el patente andalucismo y españolismo musical, mediante el que bucea los más recónditos dejes y giros de nuestro corazón.
Comienza en modo menor con un introito solemne, en legato, sobre unos acordes en fuerte, que se repite con unos delicados contrapuntos de saxos y bombardinos, comedidos en sus recursos, que aparecerán en sucesivos compases. El primer tema, “La presentación” será con el transcurso de la marcha un puente a otros motivos fundamentales, pero con su desarrollo la melodía se abre de una forma compacta y dulce que dibuja un aire pomposo y mayestático.
Aparece uno de los pasajes más singulares, “El lamento”. El autor consigue reflejar la angustia de María con una figuración precisa, como son unas continuas apoyaturas en registro agudo de las maderas (requinto, oboe y clarinetes) sobre notas pedales de saxos tenores, que intermitentemente son coronados por unos trinos de flautas y flautines. Esta alineación de melodías entrecortadas y ligadas, es un episodio de lo más atractivo de la marcha. Al lamento le sigue “El consuelo”, cuando Juan tiende su brazo a María, que el autor consigue describir con un protagonismo en la melodía de las trompetas, que como buena parte de los metales han estado en un plano alejado, y continuadas a los pocos compases con unas escalas descendentes parecidas a las del pasaje anterior.
En “El diálogo” asistimos a la sección de mayor plenitud sonora, al conjugarse sabiamente los dos temas anteriores, el lamento y el consuelo, creándose así una atmósfera tan enrarecida como fascinante. Después sobreviene la presentación, rememorando con su devenir el carácter regio de la obra y desembocando en la sección final, “El júbilo por la Resurrección”.
Del modo menor pasamos al mayor, más brillante y lúcido. De la tristeza nos trasladamos a ese júbilo que se mantiene gracias a la esperanza. Sobre un batir de corcheas en la percusión y unas figuraciones, también en corcheas de la sección del metal, el clarinete principal canta en un claro lenguaje andaluz para luego, contraponer la disposición y ser los clarinetes quienes hagan de soporte rítmico-armónico y los saxofones y bombardinos el peso melódico basado en el mismo motivo, respaldados en unas trompetas con sordinas en lontananza. Será esta frase la que conduzca con decisión al fortísimo de toda la banda que, en tutti, recobra el brío y la exultación que han estado desde el comienzo reservados. De esta forma, con los timbales y la sólida percusión, la marcha consume los últimos compases con la luz y la alegría de un día de resurrección. He aquí la metáfora, cuando la música, antes lánguida y austera, resucita ahora para mostrarse letífica.
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