Pilares de la marcha procesional (V)
¿Quiénes eran? (II)
¿Quiénes eran? (II)
Óleo del pintor egabrense Manuel Aguilar. El paso de la Oración en el Huerto en la esquina
Como decía, sonaba “Sangre en tus Clavos”. Eran tres acordes, pétreos y rotundos, que reverberaban en los rescoldos de los que allí estaban incluso ausentes. Recuerdo la mirada de alguno, con gesto cómplice al codo, sobornándole al pedirle que le dijera de qué marcha se trataba. Luego seguían las trompetas y se dibujaba colándose por las ramas del olivo ese motivo fundamental obsesivo, obstinado en su tiempo propio, que le pone nombre en sí a la marcha. El paso se levantó a pulso. Siempre ese pulso al aire cuando el comienzo de una marcha tiene lo especial de lo inquietante.
Entonces la esquina se salvaba en dirección contraria a como se hace ahora, había gente, claro, pero no tanta como hoy, cuando pareciera como si las cuatro calles se ensancharan en centímetros para que quepan todas las avideces de música. El paso lo veías como el negativo de esta foto que ves, un cuadro al óleo que fíjate por dónde, llegó como regalo no hace mucho. Pero a lo que iba, la marcha desplegaba sin cesar ese velo de tristeza, con su punto apocalíptico. Creíamos que de tanta pena en el compás, se cerraría el telón sin solución de levantarlo.
Fue así. Como sabrán, “Sangre en tus Clavos” interrumpe repentinamente, en un aborto melódico que duele cuando andas dentro de la partitura recreándote con ella o cuando estás en ese tramo de abajo sobre una sauna de sudor. Es curioso. A los dos, tres, segundos, aparece de nuevo, y lo hace con un fraseo de negras bien ligadas, que percuten obsesivamente y despliegan una atmósfera tensa y tenebrosa, que estalla en una prodigiosa modulación para apresurarse a su final. Vuelta al principio, la misma idea, el mismo motivo melódico.
Si Font de Anta tuvo que decirnos en un piano, por alguna calle de Madrid, lo que era un poema sinfónico para la Semana Santa de Sevilla, “Amarguras”, aquí que llegó alguien, anónimo prácticamente todavía en ese año, e hizo otra breve sinfonía, pero esta vez para viento y metal, desbancando todos los clichés y las perspectivas.
Aquella chicotá iba engrosando las solapas de nuestros trajes en tantas conversaciones, que hasta se colaban por los respiraderos. Cuando ya la hermandad ponía la vuelta al templo se tocó otra marcha de vanguardia, totalmente novedosa en nuestros oídos, que llevaba por título “Triunfo de tu Santa Cruz”. No sé si será verdad, o fue un rumor que nació cuando la noche desplegaba su manto negro, pero decían que se trataba de la primera vez que tocaban esta composición.
Y la pregunta se volvía necesaria, de urgencia: ¿de quién o quiénes eran esas marchas? Allí ya saltó el nombre de Nicolás Barbero. Un desconocido entonces, había escrito dos partituras sensacionales, originales, innovadoras sin restarle espacio a la belleza. Lo curioso es que escuchabas esas marchas y creías estar en otra dimensión. No se parecían a nada, habían roto las lindes del género de la agrupación, habían sobrepasado el cerco que tanto ahogaba a este estilo y que lo sumía en el reproche constante del cofrade caduco en temas del pentagrama.
¡Ay, esos años que se nos van cayendo en los bolsillos! Será que la música le da el alma a todo cuerpo que ves moverse en esta Semana. Inevitablemente algunos habrán pasado tantas veces por esa esquina en la que “Sangre en tus Clavos” preñó el aire de metales de luto, que la habrán recordado en ese preciso instante. Hay cosas que cambiaron, hasta la marcha misma, que el tiempo la moldea a su forma y no sólo la reviste con la pátina de la vejez, sino que se oye distinta hoy, se acentúa su enorme carácter, su fuerza descomunal, su hermosura sinfónica. Tanto cambiaron las cosas, que el paso al que perseguía esta marcha ya sustituyó sus formas lineales y sencillas, con aquel barniz que no llegaba a ser negro, pero tampoco se acercaba al marrón.
Ese día pasó, claro, y desde entonces por aquí la leyenda de la Pasión comenzó. Al año siguiente partieron a Córdoba en la tarde del Domingo de Ramos tras las Penas de San Andrés y ahí continúan, como nosotros con la Salud de Alcalá la Real. Con éste, serán ya once años. Nicolás Barbero creció como músico y hoy creo que nadie podría toserle en su influencia total y la renovación de aires. Como tampoco creo que nadie ose a discutir el dominio de la agrupación musical de la Pasión de Linares, labrado a base de ensayos, gusto y sensibilidad por la buena música.
Como dije, digo y seguiré reiterándolo, desde que sus marchas fueron ejerciendo su influencia, y calando entre las bandas, los mismos compositores y los cofrades en general, el núcleo del género, el centro desde el que se irradia la mayor parte de su evolución, se trasladó desde Sevilla a Jaén, con Córdoba también como ciudad dentro de este radio de acción.
Quién me diría que aquellos músicos de estreno en mi bagaje de sensaciones, serían al poco tiempo, muy poco, un eje fundamental de las agrupaciones, sobre el que gravitaría una parte esencial e importante de su futuro.
Entonces la esquina se salvaba en dirección contraria a como se hace ahora, había gente, claro, pero no tanta como hoy, cuando pareciera como si las cuatro calles se ensancharan en centímetros para que quepan todas las avideces de música. El paso lo veías como el negativo de esta foto que ves, un cuadro al óleo que fíjate por dónde, llegó como regalo no hace mucho. Pero a lo que iba, la marcha desplegaba sin cesar ese velo de tristeza, con su punto apocalíptico. Creíamos que de tanta pena en el compás, se cerraría el telón sin solución de levantarlo.
Fue así. Como sabrán, “Sangre en tus Clavos” interrumpe repentinamente, en un aborto melódico que duele cuando andas dentro de la partitura recreándote con ella o cuando estás en ese tramo de abajo sobre una sauna de sudor. Es curioso. A los dos, tres, segundos, aparece de nuevo, y lo hace con un fraseo de negras bien ligadas, que percuten obsesivamente y despliegan una atmósfera tensa y tenebrosa, que estalla en una prodigiosa modulación para apresurarse a su final. Vuelta al principio, la misma idea, el mismo motivo melódico.
Si Font de Anta tuvo que decirnos en un piano, por alguna calle de Madrid, lo que era un poema sinfónico para la Semana Santa de Sevilla, “Amarguras”, aquí que llegó alguien, anónimo prácticamente todavía en ese año, e hizo otra breve sinfonía, pero esta vez para viento y metal, desbancando todos los clichés y las perspectivas.
Aquella chicotá iba engrosando las solapas de nuestros trajes en tantas conversaciones, que hasta se colaban por los respiraderos. Cuando ya la hermandad ponía la vuelta al templo se tocó otra marcha de vanguardia, totalmente novedosa en nuestros oídos, que llevaba por título “Triunfo de tu Santa Cruz”. No sé si será verdad, o fue un rumor que nació cuando la noche desplegaba su manto negro, pero decían que se trataba de la primera vez que tocaban esta composición.
Y la pregunta se volvía necesaria, de urgencia: ¿de quién o quiénes eran esas marchas? Allí ya saltó el nombre de Nicolás Barbero. Un desconocido entonces, había escrito dos partituras sensacionales, originales, innovadoras sin restarle espacio a la belleza. Lo curioso es que escuchabas esas marchas y creías estar en otra dimensión. No se parecían a nada, habían roto las lindes del género de la agrupación, habían sobrepasado el cerco que tanto ahogaba a este estilo y que lo sumía en el reproche constante del cofrade caduco en temas del pentagrama.
¡Ay, esos años que se nos van cayendo en los bolsillos! Será que la música le da el alma a todo cuerpo que ves moverse en esta Semana. Inevitablemente algunos habrán pasado tantas veces por esa esquina en la que “Sangre en tus Clavos” preñó el aire de metales de luto, que la habrán recordado en ese preciso instante. Hay cosas que cambiaron, hasta la marcha misma, que el tiempo la moldea a su forma y no sólo la reviste con la pátina de la vejez, sino que se oye distinta hoy, se acentúa su enorme carácter, su fuerza descomunal, su hermosura sinfónica. Tanto cambiaron las cosas, que el paso al que perseguía esta marcha ya sustituyó sus formas lineales y sencillas, con aquel barniz que no llegaba a ser negro, pero tampoco se acercaba al marrón.
Ese día pasó, claro, y desde entonces por aquí la leyenda de la Pasión comenzó. Al año siguiente partieron a Córdoba en la tarde del Domingo de Ramos tras las Penas de San Andrés y ahí continúan, como nosotros con la Salud de Alcalá la Real. Con éste, serán ya once años. Nicolás Barbero creció como músico y hoy creo que nadie podría toserle en su influencia total y la renovación de aires. Como tampoco creo que nadie ose a discutir el dominio de la agrupación musical de la Pasión de Linares, labrado a base de ensayos, gusto y sensibilidad por la buena música.
Como dije, digo y seguiré reiterándolo, desde que sus marchas fueron ejerciendo su influencia, y calando entre las bandas, los mismos compositores y los cofrades en general, el núcleo del género, el centro desde el que se irradia la mayor parte de su evolución, se trasladó desde Sevilla a Jaén, con Córdoba también como ciudad dentro de este radio de acción.
Quién me diría que aquellos músicos de estreno en mi bagaje de sensaciones, serían al poco tiempo, muy poco, un eje fundamental de las agrupaciones, sobre el que gravitaría una parte esencial e importante de su futuro.
1 comentarios:
mateo buenisima historia.
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